jueves, 31 de marzo de 2011

Recuerdos desde la distancia.

Cuando ya son pocos los días que me acercan a la cincuentena y su proximidad a la celebración de nuestro patrono, San Telmo, revolotean en mi interior esas mariposillas estomacales asociadas al nerviosismo y la añoranza que provocan la distancia a la que me encuentro de mi muy querida Ciudad. 
Afortunados aquellos que disfrutáis del diario discurrir por nuestra ciudad, de su frío en invierno, su viento, que circulando desde la glorieta hasta el final de la corredera, cuando en interminables vueltas, arriba abajo, al llegar al seminario había que bajar la cabeza para que no se cortara la piel con el lacerante aire. Por contra en el mismo sitio en verano, ese viento se tornaba brisa cálida al atardecer, entonadora y revitalizante, en aquellos anocheceres prolongados, porque en Tui el tiempo se extendía y la vida familiar se prolongaba al refrescar la noche, salíamos y paseábamos de nuevo por la corredera, arriba abajo.
Pero también hay recuerdos de escondites, fútbol y ruedas de bicicleta dando vueltas en torno a la plaza de San Fernando, vacía de coches o con los mínimos, prestándonos las bicis los que teníamos y los que no, mientras algunos hablaban desde las escaleras. Esa plaza, donde cometer un error con la bici, suponía entrar en contacto con el pétreo granito, de aspecto almohadillado producto del cincelado experto de cientos de canteros a lo largo de los siglos y de la intensa lluvia que rebajaba sus aristas, pero no impedía la más sanguinolenta de las rozaduras.
Con el paso del tiempo nos encontramos tonteando con las chicas, las del colegio  y en el grupo de scouts de la parroquia, gracias a estos y a nuestro particular calendario de vacaciones, teníamos clase en el Instituto hasta el miércoles santo, deseábamos con entusiasmo la llegada del Jueves Santo para encaminarnos hacia el Monte Aloya, donde estaríamos hasta el Domingo de Pascua. Algunos años diluviando y otros disfrutando desde la cruz, de un cielo plagado de estrellas y un manto cuajado de luces, separados apenas por el monte Faro en el horizonte.
Y con no menos ansiedad descender por la tarde para disfrutar de nuestra primera verbena de San Telmo. Verbena que suponía libertad, trasnoche, algo de alcohol, ni comparación con lo de ahora, pero sobre todo amistad y si tocaba, los primeros escarceos amorosos.
El discurrir de la semana de fiestas se salpicaba con alguna que otra actividad, rallies en la Macoca, carreras de ciclismo más o menos profesionales, el partido del Tyde el domingo si tocaba en casa, hasta llegar al lunes de San Telmo. La procesión por la coronilla de la reliquias, la emoción del primer año que podías sacar un santito, acorde con tu tamaño y tus fuerzas en la procesión de la noche, la música de la banda de la escuela naval de Marín, el frío que se te metía hasta los huesos; sobre todo en aquel año en que vestido de primera comunión, junto a otro Telmo, llevábamos los cordones del estandarte de nuestro Patrono, aquello fue toda una vacuna contra los venideros catarros invernales. 
No tengo recuerdos de haberse suspendido la procesión por causa de la lluvia, pero años más tarde, con la desaparición de nuestro muy querido canónigo y profesor Don Basilio, mi tía se dio cuenta que ya podían jarrear cántaros de agua, que en cuanto se aproximaban la hora de la procesión, se despejaba la tarde por el tiempo necesario para que esta se celebrara sin ninguna perturbación, aunque alguna vez hubiera que terminar a buen paso los metros finales, por supuesto gracias a la intercesión de Don Basilio. Aún lo veo encaminarse en su pequeño ciclomotor color teja hacia su parroquia de Ribadelouro, con un guardapolvos que cubría su sotana, su sombrero de ala ancha y redonda, con su boquilla color caramelo, ladeada en una de las comisuras de sus labios, gracias a la cual podía fumar aquellos cigarrillos Bisonte.
Queridos tudenses tenemos una ciudad maravillosa, con un pasado glorioso, donde no falta de nada, agua, vegetación, piedra, tierra, hierro; tenemos la suerte de vivir al lado de unos buenos vecinos con los que debemos fortalecer nuestros lazos de unión y así ser un ejemplo en este mundo globalizado, pero mercantilista, a veces cuando me preguntan que pienso de los portugueses, siempre les digo lo mismo, me siento más unido a ellos que a un madrileño o navarro.
En estos días de celebración de nuestro puente internacional tengámoslo presente como dos brazos que se unen para aproximarse, saltemos por encima de los límites políticos y consigamos hermanarnos más si cave.
Algunos tenemos la desgracia de no poder vivir en Tui, cada vez que nos acercamos a pasar unos días, encontramos pequeñas astillas que laceran nuestros sentimientos, porque alguien no ha sabido mantener ese espíritu o simplemente se ha fijado mucho más en su bolsillo y beneficio.
Y a todos a aquellos que aspiráis a hacer algo por Tui pensar solo en aquello que beneficie a todos, a veces lo más llamativo y espectacular no es lo adecuado para realzar el nombre de nuestra Ciudad, Tuy debe estar por encima de personajes rutilantes, que aunque se encuentren en paz no son ejemplo de ciudadanía, que casi siempre se puede gastar un poco menos, pero alguna vez hay que gastar algo más porque hemos heredado algo que no nos pertenece y tenemos que dejarlo mejorado para los que en el futuro tengan la dicha de disfrutarlo. 
Desde luego, en la distancia se ven las cosas de otra manera, pero estos son algunos de mis recuerdos y de mis deseos para un futuro, que si desgraciadamente es incierto, debemos seguir los consejos de buen marinero de nuestro Santo Patrón, encomendarnos a él y que "no permitas que naufraguemos, condúcenos a través de las tempestades al puerto seguro de la Bienaventuranza eterna".

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