lunes, 1 de abril de 2019

Trece rosas y ¿nueve capullos?. En el 80 aniversario del fin de la guerra civil.


La Ley de memoria histórica, elaborada bajo el gobierno de Zapatero, ha irritado a muchas personas de una y otra tendencia política. Durante mucho tiempo se acusó al régimen de Franco y por extensión de los vencedores de la guerra, que durante esos cuarenta años ya fueron suficientemente homenajeadas sus víctimas.
Las buenas intenciones que subyacen en la ley, como son la recuperación de los cadáveres que se encuentran enterrados en indignos lugares, en muchos casos sin una exacta localización con lo que conlleva para sus familias de congoja y tribulación; son claramente independientes del sentimiento que aflora en las otras víctimas, que se sienten en una evidente desigualdad de trato.
El atrevimiento de algunos políticos que llegan a teorizar, como es el caso del libro “La superioridad moral de la izquierda” de Ignacio Sánchez Cuenca, inspirador de la ley de Zapatero, con prólogo de Iñigo Errejón, relega a un segundo plano a las “otras víctimas”, provocando un efecto pendular que tiene en un último término la polarización de la sociedad; de manera que muchos son los españoles que, si bien consideran legítimo el reconocimiento de todas las víctimas, acaban enrocándose en posiciones totalmente enfrentadas.
Muchos conocerán la historia de las llamadas popularmente “trece rosas”, trece mujeres ejecutadas el 5 de agosto de 1939, cuatro meses después del fin de la guerra civil. Militantes de las juventudes socialistas unificadas y del partido comunista de España. Al comenzar La guerra el máximo responsable de las juventudes socialistas unificadas era Santiago Carrillo, que se afiliará al Partido comunista en octubre, cuando el gobierno se retira a Valencia.
Muchos fueron los españoles condenados a muerte durante la guerra y muchos también los condenados una vez terminada la guerra. Uno de ellos fue un tío abuelo mío, ejecutado en Tui al principio de la guerra.  La mayoría de esas penas capitales fueron conmutadas por largos años de cárcel. Otro tío, hermano de mi madre, pasó varios años en la cárcel porque al comienzo de la guerra estaba cumpliendo el servicio militar en un navío que continuó fiel a la república.
En 1934 se produjo la llamada “revolución de octubre” de gran repercusión en Asturias, donde los partidos de izquierda dieron un golpe de estado violento y sangriento, con la pretensión de derrocar al gobierno elegido en noviembre de 1933. Este gobierno de amplia mayoría de derechas no fue aceptado desde el principio por los partidos de izquierda, incluso llegaron a presionar al presidente Alcala-Zamora, para que convocara nuevas elecciones.  El resultado de aquella terrible revolución fueron numerosos muertos, heridos y graves daños materiales en muchas ciudades y pueblos. 
Victimas de aquellas tropelías fueron seis seminaristas que se encontraban en el seminario de Oviedo, con edades entre 18 y 25 años. Su único delito estudiar para servir a Dios y a sus hermanos. No militaban en ningún partido y mucho menos plantaban soluciones radicales.Otros tres seminaristas fueron asesinados al principio de la guerra, entre 1936 y 1937.
El pasado día nueve de marzo fueron beatificados en la catedral de Oviedo. Con estas víctimas no se hará ninguna película, no serán citados ni en mítines ni en tertulias. Este acto de la Iglesia Católica no tiene más finalidad que poner de ejemplo a personas que dieron su vida por la fe que profesaban, son muchos los testimonios de religiosos y seglares a los que se les incitaba, durante aquellos horribles años, a renunciar a su fe con el fin de salvar su vida. La mayoría no lo hicieron y la perdieron.
Según el diccionario de la real academia de la Lengua, la palabra “capullo” tiene varias acepciones, desde la rosa que aún no abrió, pasando por aquello que está en sus comienzos y ya muestra lo que puede llegar a ser. Pero me temo que en el caso de los seminaristas el significado fue el más dañino e insultante: persona molesta.