La Ley de memoria histórica, elaborada bajo el gobierno de
Zapatero, ha irritado a muchas personas de una y otra tendencia política.
Durante mucho tiempo se acusó al régimen de Franco y por extensión de los
vencedores de la guerra, que durante esos cuarenta años ya fueron suficientemente
homenajeadas sus víctimas.
Las buenas intenciones que subyacen en la ley, como son la
recuperación de los cadáveres que se encuentran enterrados en indignos lugares,
en muchos casos sin una exacta localización con lo que conlleva para sus
familias de congoja y tribulación; son claramente independientes del
sentimiento que aflora en las otras víctimas, que se sienten en una evidente
desigualdad de trato.
El atrevimiento de algunos políticos que llegan a teorizar,
como es el caso del libro “La superioridad moral de la izquierda” de Ignacio
Sánchez Cuenca, inspirador de la ley de Zapatero, con prólogo de Iñigo Errejón,
relega a un segundo plano a las “otras víctimas”, provocando un efecto pendular
que tiene en un último término la polarización de la sociedad; de manera que
muchos son los españoles que, si bien consideran legítimo el reconocimiento de
todas las víctimas, acaban enrocándose en posiciones totalmente enfrentadas.
Muchos conocerán la historia de las llamadas popularmente
“trece rosas”, trece mujeres ejecutadas el 5 de agosto de 1939, cuatro meses
después del fin de la guerra civil. Militantes de las juventudes socialistas
unificadas y del partido comunista de España. Al comenzar La guerra el máximo
responsable de las juventudes socialistas unificadas era Santiago Carrillo, que
se afiliará al Partido comunista en octubre, cuando el gobierno se retira a
Valencia.
Muchos fueron los españoles condenados a muerte durante la guerra
y muchos también los condenados una vez terminada la guerra. Uno de ellos fue
un tío abuelo mío, ejecutado en Tui al principio de la guerra. La mayoría de esas penas capitales fueron
conmutadas por largos años de cárcel. Otro tío, hermano de mi madre, pasó
varios años en la cárcel porque al comienzo de la guerra estaba cumpliendo el
servicio militar en un navío que continuó fiel a la república.
En 1934 se produjo la llamada “revolución de octubre” de
gran repercusión en Asturias, donde los partidos de izquierda dieron un golpe
de estado violento y sangriento, con la pretensión de derrocar al gobierno elegido
en noviembre de 1933. Este gobierno de amplia mayoría de derechas no fue
aceptado desde el principio por los partidos de izquierda, incluso llegaron a
presionar al presidente Alcala-Zamora, para que convocara nuevas elecciones. El resultado de aquella terrible revolución
fueron numerosos muertos, heridos y graves daños materiales en muchas ciudades
y pueblos.
Victimas de aquellas tropelías fueron seis seminaristas que
se encontraban en el seminario de Oviedo, con edades entre 18 y 25 años. Su
único delito estudiar para servir a Dios y a sus hermanos. No militaban en
ningún partido y mucho menos plantaban soluciones radicales.Otros tres
seminaristas fueron asesinados al principio de la guerra, entre 1936 y 1937.
El pasado día nueve de marzo fueron beatificados en la
catedral de Oviedo. Con estas víctimas no se hará ninguna película, no serán
citados ni en mítines ni en tertulias. Este acto de la Iglesia Católica no
tiene más finalidad que poner de ejemplo a personas que dieron su vida por la
fe que profesaban, son muchos los testimonios de religiosos y seglares a los
que se les incitaba, durante aquellos horribles años, a renunciar a su fe con
el fin de salvar su vida. La mayoría no lo hicieron y la perdieron.
Según el diccionario de la real academia de la Lengua, la
palabra “capullo” tiene varias acepciones, desde la rosa que aún no abrió, pasando
por aquello que está en sus comienzos y ya muestra lo que puede llegar a ser.
Pero me temo que en el caso de los seminaristas el significado fue el más
dañino e insultante: persona molesta.